
En estas fechas es habitual que muchas economías domésticas se desequilibren: los precios están por las nubes justo en el momento en que hay que hacer más compras. Regalos, comidas copiosas para todos los invitados y aprovechar las oportunidades, están entre los hábitos que más nos perjudican: pueden resultar agradables a corto plazo pero a la larga hacen el agujero más hondo. Quiero que hagamos juntos un análisis de ésta situación para ver si descubrimos alternativas para no perder la cabeza.
Comencemos por el principio: ¿Es necesario comprar tanto en estas fechas? Muchas personas creen que si, argumentan que lo han estado haciendo de este modo los últimos años, dicen que es lo que se espera de ellos y que eso lo justifica. Puede que tengan razón. Sin duda alguna lo más fácil es seguir haciendo lo mismo, pero si lo que hacemos no es bueno para nuestros intereses quizás es hora de cuestionarlo. Por ejemplo, ¿qué es lo que deseamos cuando invitamos a nuestros familiares a comer con nosotros? ¿Queremos que estén a gusto, en compañía de las personas que les quieren, celebrando unas fechas especiales? ¿O queremos que vean que las cosas aparentemente nos van bien, que somos personas generosas y espléndidas? Porqué, si lo que buscamos es pasar un rato en buena compañía, si lo que queremos es reencontrarnos con quienes son importantes para nosotros, quizás podríamos centrar nuestro convite en eso. Tal vez de hacerlo logramos prescindir de ciertos lujos, de ciertos caprichos caros que hablan de lo bien que va nuestro bolsillo pero que no están relacionados directamente con nuestro objetivo y que en el fondo nos acaban perjudicando porqué nos llevan a gastar más de lo conveniente.
Por otro lado podríamos cuestionar algunas tradiciones como por ejemplo la obligatoriedad de regalar en ciertas fechas: ¿Realmente es necesario hacer tantos regalos? Sobre todo si tenemos en cuenta que muchas veces compramos por cumplir, porqué se espera que hagamos un regalo, no necesariamente porqué estemos sintiendo que con esto mostramos nuestro afecto, nuestra estima, sino más bien por nuestro servilismos a las tradiciones, tradiciones que podría parecer que están diseñadas para enriquecer a terceros.
Si lo que queremos es mostrar nuestro afecto a ciertas personas, y tenemos esto presente, tal vez seamos capaces de encontrar una alternativa de alto valor sentimental y bajo coste económico. Ambas cosas no son incompatibles: Una fotografía o un dibujo, unas palabras especialmente escritas y pensadas, una cena, o una fiesta casera pueden ser más emotivos y sinceros que el más lujoso de los lujos. Pregúntate pues qué es lo que está detrás del hábito de regalar ¿un sentimiento de generosidad, aprecio y reconocimiento? ¿O la obligación de cumplir con la norma social?
Por otro lado hay algo mucho más profundo y doloroso: ¿Crees que comprar más te hará más feliz? Analiza esta cuestión detenidamente porqué hay muchas personas que viven con esa creencia. Por eso mismo no es de extrañar que se lancen a adquirir toda suerte de caprichos en un vano intento de mejorar su estado de ánimo. Y quizás momentáneamente logren su objetivo, al menos por un breve lapso de tiempo, la sensación de poseer, la idea de ser mejores, les ciega como un espejismo en el desierto. Lamentablemente la realidad se acaba imponiendo y nos golpea en la cara: lo que poseemos no nos hace más felices porqué la felicidad no depende de tus posesiones. La felicidad no es un destino sino un camino, no está más adelante en el tiempo, cuando compres, cuando te permitas ese viaje, o cuando logres algo, está en el aquí y el ahora, en éste preciso momento puedes ser todo lo feliz que eres capaz de ser. Algo imposible, por otro lado, si proyectas la felicidad en un momento futuro que no podrá ser vivido porqué los seres humanos moramos en el ahora.
La sociedad en la que vivimos es muy dinámica y nuestras circunstancias de vida varían y mudan con el paso del tiempo. A un ciclo de expansión le sigue un ciclo de contracción y cuando nos queremos dar cuenta, lo que nos podíamos permitir con relativa tranquilidad en el pasado reciente, nos pone en grave riesgo de ruina en el presente inmediato. En momentos de crisis económica como el que vivimos, no podemos seguir haciendo lo mismo, pero los seres humanos no llevamos muy bien el tema del cambio, especialmente cuando se trata de ir a menos. Por este motivo es tan importante ser rápidos en reconocer que es necesario tomar medidas, primero de contención del gasto, es vital reajustar nuestro estilo de vida al entorno, y luego de expansión de los ingresos. Es muy humano negar el cambio cuando no se ajusta a nuestras expectativas, luchar contra él, revelarse, para finalmente adaptarse y aceptarlo. El problema, en un entorno en crisis, está en el coste de oportunidad: cuanto más tardas más riesgo estás asumiendo. Por otro lado es relativamente sencillo hacer lo que se debe hacer una vez se entiende que es una conducta necesaria. Para facilitar este proceso es importante descubrir los motivos por los que uno lucha. El conejo siempre escapará del zorro porqué mientras que el raposo puede comer otras cosas, el conejo se juega la vida. Pregúntate pues: ¿Qué motivos tienes para adoptar nuevos hábitos en la gestión de tus finanzas domésticas? ¿Merece la pena hacer el esfuerzo por tu futuro o por el de los tuyos? ¿Qué alternativas existen? ¿Acaso si no actúas la cosa mejorará sola? Luego levántate y haz lo necesario para minimizar el dolor.
Para bailar con la música que suena es bueno que crees una visión del resultado final. No te centres tanto en la renuncia de hoy como en la contribución que esto hace a un futuro mejor. No se trata pues de pensar que uno va a menos: menos ocio, menos ropa, menos lujo,… sino a más: más posibilidades, más opciones, más futuro. Para mantener afilada tu motivación te recomiendo que elabores un álbum de deseos: toma una libreta en blanco y recorta y pega todo aquello que deseas incluir en tu vida. Hazlo con toda la familia como un ritual de unión. Cuando lo necesites repasa lo que habéis puesto y sigue actuando a favor de vuestro mejor interés.
Para contener el gasto busca alternativas más económicas. Comienza por elaborar una relación de lo que es imprescindible comprar y luego ajústate a ella. Comienza con lo que realmente es necesario y dejar lo opcional para el final. Sube mentalmente de nivel a la hora de determinar tus necesidades. Pregúntate “qué función necesito” y busca qué “medios” te la pueden dar. Por ejemplo, en vez de decir: “necesito bollos para los desayunos” aprende a decir: “necesito un buen desayuno”, porqué quizás puedas cubrir esa función con algo más interesante que los bollos. Adquiere el hábito de comparar precios en distintos establecimientos. Supera la inercia que está detrás de comprar en las tiendas de “toda la vida”. Ya tendrás tiempo de volver a ellas por motivos románticos más adelante. Utiliza Internet para descubrir oportunidades. Compra envases más grandes para optar a un descuento por cantidad. Introduce algunas marcas blancas en tu dieta y deja de pagar la publicidad de los productos que consumes. Entiende que los productos elaborados necesariamente tienen que repercutir esa elaboración en el precio. Quizás puedas elaborarlos tú y conseguirlos más baratos. Por otro lado puedes hacer como Tom Sawyer que al ser castigado a pintar la verja del jardín logró reencuadrar la tarea y transformarla en una fuente de ingresos cobrándoles una tarifa a sus amigos para ofrecerles el “privilegio” de poder pintar. Haz tú lo mismo y transforma la necesidad de recortar gastos en la oportunidad de recobrar el hábito social de invitar a tus amigos a cenar a casa. Elaborad el menú entre todos, repartiros la compra de los alimentos, quedad tres horas antes de lo habitual y haced de la preparación de la cena una fiesta divertida, entretenida y cordial. Estas fiestas, en vez de hacer un regalo a todos los amigos organiza un amigo invisible. Haz lo mismo con tus familiares. Utiliza tu cabeza para anticipar el futuro y evita comprar cuando los precios son más altos. Si no consigues superar la necesidad que has creado en tu mente de agasajar a tus invitados con langostinos, cómpralos tres meses antes y déjalos en el congelador hasta que los necesites. No vayas a última hora cuando cuestan tres veces más. Por otro lado aprovecha las rebajas para adquirir lo necesario. Frena la impulsividad que te puede arrastrar a comprar antes de tiempo. No te des excusas del tipo “es que si espero a las rebajas ya no estará”. Si no está encontrarás otras oportunidades. Muy pocas cosas son realmente imprescindibles. Si has hecho tus deberes identificando lo que de verdad necesitas y lo has anotado en una lista, estarás dos pasos por delante en tu misión de ajustarte al entorno: evitarás comprar “ofertas y oportunidades” que se cruzan en tu camino, y comprarás pensando en la funcionalidad y no solamente en el deseo.
Hacer lo que se debe hacer es sencillo, pero no necesariamente fácil, sobre todo si el resto del equipo no se implica. Por esta razón te sugiero que hables con todos los miembros de tu familia, habla con tus hijos y con tu pareja y expón la situación a la que os enfrentáis. Recuérdales que es algo temporal pero que es sumamente importante que reméis todos en la misma dirección. Motívales y dales ánimos para que te apoyen en lo que estimes necesario. Muchas veces el entorno no colabora porqué no le da a los hechos la misma importancia que le damos nosotros. Asegúrate de repartir la información y no quieras luchar en soledad contra los elementos: no es necesario en primer lugar y es mucho más divertido hacer equipo. Tienes una oportunidad de oro para inculcar buenos hábitos a los más pequeños, de esta forma harás de ellos unos adultos más responsables y conscientes. Si han aprendido cómo sus padres se enfrentaron a una crisis y no perdieron la cabeza confiarán más en sus posibilidades de hacer lo mismo el día de mañana.
Sea lo que sea que te depare el futuro entiende que nada es tan importante como el que seas feliz aquí y ahora. Por más oscuras que sean las nubes, por encima de ellas, siempre, siempre sigue brillando el sol.